botas ugg comprar Nueva York ya no es lo que era

Luego del atentado terrorista del 11 de Septiembre de 2001 y de la crisis financiera de 2008, Nueva York no es lo que era. Sino mucho más. A todas las atracciones que ya la habían convertido en el centro del mundo, se le sumó un espíritu más amigable. Se desacartonó. Al caminarla, la metrópoli se asemeja a alguien que vivió una experiencia muy dura, sobrevivió y se humanizó. Ese nuevo espíritu se ve en los parques que surgieron donde había vías de tren abandonadas, en la isla del Gobernador que antes era zona militar y hoy está abierta al público con bicisendas y conciertos nocturnos, en el auge de la gastronomía nómade de los food trucks, en las pequeas tiendas que brotan con éxito en barrios hasta hace poco laterales y en las ferias callejeras que se organizan de golpe en pleno Midtown.

Este clima se vive en todo Nueva York. Hoy, los museos más vanguardistas no están en la milla de museos del East Side, las tiendas más elegantes no están en Fifth Avenue y los mejores espectáculos no sólo son los de Broadway. La ciudad se expandió y puede suceder cualquier cosa en cualquier lugar: Harlem es el barrio donde trabaja Bill Clinton; Nueva Jersey, el lugar elegido por Bon Jovi para abrir su restaurante solidario; Williamsburg, en Brooklyn, es el distrito de tendencias para ver qué hay de nuevo; y Alphabet City, un área que hasta hace unos aos estaba vedada a cualquier mortal precavido, es el barrio donde el chef estrella David Chang abrió Momofuku, el restaurante del cual más se habla en la ciudad con una lista de espera de meses para comer.

El memorial de granito y agua que ocupa el hueco doloroso y profundo que dejaron las dos Torres Gemelas del World Trade Center es un recordatorio permanente del atentado del 11S. Desde ese día, todos los neoyorquinos tomaron como un desafío personal darle nueva vida al Lower Manhattan. Diez aos después se puede decir que lo han logrado. El área ya no es sólo de trabajo: calles que antes quedaban desiertas al atardecer, como Stone Street, se hicieron peatonales, con barcitos que tienen fama de tener las mejores happy hours de Manhattan. El espacio verde de Battery Park se amplió hasta tomar toda la costa del río Hudson, con senderos que llegan hasta Tribeca, reino de Robert De Niro, quien sigue abriendo nuevos hoteles y restaurantes. A pocos metros está el SoHo, que con su espíritu pujante invadió todo el sur de la isla. Las calles que bordean esa altura de Broadway Av. se transformaron en un gigantesco centro comercial al aire libre con todos los diseadores cinco estrellas que se pueda imaginar (Armani, Prada, Louis Vuitton), y además son el lugar preferido por las marcas extranjeras que quieren probar suerte en NY, como la japonesa Uniqlo, la inglesa Top Shop o la australiana UGG. Y si el SoHo es el nuevo Midtown, como afirman muchos, no podía faltar Donald Trump que inauguró un lujoso hotel con su apellido. Pero más allá de los grandes nombres, el SoHo sigue siendo un lugar ideal para caminar y descubrir tendencias que luego se ven en otras ciudades, como la nueva tienda Bond Treasure, un espacio conceptual ideado por Anna Wintour, editora ícono de Vogue, donde se venden las creaciones de los diseadores más buscados y todos los ingresos son destinados a sociedades benéficas. O la tienda Opening Ceremony, que todos los aos elige mostrar las creaciones de un país y dedica el 2012 a la Argentina. Por el incremento de los alquileres muchos diseadores jóvenes se fueron corriendo hacia el Este, que cambió de nombre y pasó a llamarse Choho (combinación urbana de Chinatown y SoHo). Desde pequeas tiendas de aquí Nanette Lepore o Camilla Staerk visten a clientas como Julianne Moore o Sarah Jessica Parker, a pasos de bares secretos como La Esquina, una taquería mexicana que de afuera no dice nada, pero que esconde tras una puerta escondida una de las barras mejor provistas de la ciudad. Al costado del SoHo, el Lower East Side vive una gigantesca transformación. Hasta hace unos aos decir el Bowery significaba hablar de hoteles de mala muerte, edificios abandonados, almas en pena, galpones de fines inciertos. Pero eso quedó en el pasado. Primero fue una moda entre los entendidos, y ahora ya es un secreto a voces, Nuevos museos, como el New Museum of Contemporary Arts (su edificio parece un grupo de cajas de zapatos apiladas), tiendas económicas como Green Depot; hoteles boutique como el Rivington; pizzerías de onda, como Pulino’s (del mismo dueo que Pastis y Balthazar), bares escondidos como Milk Honey o galerías de arte que no hay que perderse, como Salon 94 Freemans. Y lo mejor de todo es que esto sucede sin matar el pasado: los lugares nuevos conviven con los míticos locales de descuento de la calle Orchard que cuelgan las ofertas de los balcones,
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los gigantescos sándwiches de pastrami de Katz’s Deli donde Meg Ryan tuvo un orgasmo de película, o las bagels con salmón ahumado de la pescadería Russ Daugthers, lo primero que come Ferran Adriá cada vez que llega a la isla.

Más al Norte, el Meatpacking es el distrito para ver y ser visto, donde los carniceros con delantales ensangrentados dieron paso a modelos de largas piernas que van y vienen como si las veredas de 14th Street fueran una pasarela de la Fashion Week. En la zona se encuentra uno de los proyectos urbanos más innovadores de la ciudad, el High Line Park. El espacio de las viejas vías del ferrocarril elevadas, que están fuera de servicio desde hace aos, fue renovado y hoy es un gran jardín con bancos de diseo, miradores, esculturas, escenarios y muchas cosas más, pensadas para disfrutar del espacio público. La primera etapa se inauguró en 2009, y a mediados de 2011 se abrió la segunda parte del parque que va de 20th a 30th Street. Y se espera que la tercera etapa que llega hasta la calle 34th se habilite en poco tiempo. Cambió totalmente el entorno y tentó la llegada de inversiones fuertes al área, como el hotel The Standard o la próxima sede del Whitney Museum, que se traslada desde el elegante East Side. Nada de esto es casual, la mayoría de las novedades de Nueva York sucede debajo de la 34th Street.

LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR

En Nueva York pasarla bien es accesible. En Chinatown se puede comer rico, bueno y barato en alguno de los restaurantes manejados por familias, como el excelente New Bo Ky en la esquina de Bayard Street y Mott Street donde sirven una deliciosa sopa de pescado por menos de US$ 4. Y lo mismo sucede en cualquiera de los food trucks que se encuentran en las esquinas más concurridas. Las grandes tiendas, ya sea en sus sucursales de Fifth Avenue o del SoHo siempre tienen una mesa de saldo que sorprende. Casi todos los museos tienen sus días PWYW (pague lo que usted quiera). Mientras los quioscos de Tkts (tickets) donde se consiguen entradas a los show de Broadway con cincuenta por ciento de descuento se han instalado en varios puntos de la ciudad. Y las escapadas a los outlets de Woodbury Common o Jersey Garden son un programa habitual.

En Nueva York está bien visto si el viajero cuida su plata. Nadie se va a ofender si uno pregunta por las ofertas o pide el menú del día. En muchos casos, esto no es necesario, porque varios de los mejores programas que ofrece la ciudad forman parte de esas cosas que el dinero no puede comprar, simplemente porque son gratuitas. Uno de los imperdibles es el ferry que conecta el extremo de Wall Street con Staten Island, que permite apreciar, y tomar buenas fotografías, de la Estatua de la Libertad y del perfil panorámico de Manhattan sin pagar un centavo. Con el mismo presupuesto se puede participar de una misa gospel en alguna iglesia de Harlem, como el templo de Mother AME Zion Church. Otro espectáculo gratuito y poco conocido son los partidos de streetball, básquet callejero con una cancha más corta y reglas más ligeras, que se organizan en las canchas públicas de Greenwich Village conocidas como The Cage. Los partidos son rápidos y emocionantes, y es tal la fama de The Cage que los fines de semana llegan jugadores de todas partes de la ciudad. Todo esto con el agregado de los muy buenos músicos callejeros que hay en los alrededores de la cancha. Las mejores vistas del Central Park se pueden tener desde los apartamentos más caros de Manhattan o desde lugares gratuitos como la terraza del Roof Sculpture Garden del Metropolitan Museum y los ventanales del séptimo piso de la tienda Bergdorf Goodman, donde se disfrutan las mismas vistas que las habitaciones más caras del Plaza Hotel.

Para vivir Nueva York, una de las claves es perder la timidez. En el subsuelo del Plaza Hotel el chef Todd English armó un patio de comidas con platos japoneses, italianos, espaoles, franceses y hasta hamburguesas, y se puede comer bien por un precio muy razonable, o del Hotel St. Regis, lugar clave para un Martini de tarde en el bar; también se puede pasear por los mármoles de la Trump Tower, hacer shopping window en la joyería Tiffany sin que nadie se sorprenda, o patinar en la pista de hielo del Rockefeller Center aunque se caiga una y mil veces.

Una de las particularidades que tiene la ciudad hoy es que muchas de sus novedades están escondidas: hay que tener el dato para poder encontrarlas. Por un lado está el Nueva York habitual de los carteles luminosos de Times Square, las vidrieras de Fifth Avenue, el mirador del Empire State, los tours organizados., y por otro lado está el Nueva York de bares escondidos con nombres como Please don’t tell, restaurantes fascinantes ocultos en un callejón como Freemans, museos como el Neue Galerie dedicado al arte alemán y austríaco que valen el viaje, conciertos de cámara el domingo en la Frick Collecton, mercados callejeros como el de Union Square, hoteles boutiques, que están surgiendo en los suburbios de Brooklyn y que nos permiten dormir a dos estaciones de metro del Downtown, entre muchas otras claves. Porque hoy más que nunca hay una Nueva York para turistas y otra para viajeros.

Se puede decir, aunque suene exagerado, que una de las mejores opciones para comer en Nueva York está en la calle. Son los los food trucks, carritos de comida que se instalan en los lugares más concurridos. Son pequeos, algunos atendidos por sus dueos, y la mayoría se especializa en un tipo de cocina, desde mexicana o griega hasta slowfood. Van cambiando de ubicación y los clientes los siguen diariamente por su cuenta de Twitter. En el mundo gastronómico,
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los food trucks tienen su propio premio anual: los Vendy Awards son el Oscar de los carritos.