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(Segunda parte)

De los 17 tatuajes grabados en su cuerpo, es el dragón de fuego el que más le apasiona. “Así como me ve, siempre fui un dragonzote”, dice.

Y hay algo en su mirada que no miente, que delata su pasado criminal: primero como ladrón de barrio, luego como traficante de droga. Sólo eso, la vista descarriada, porque más allá de los 60 aos la fuerza de Blas Tello Serrano se desvanece; sin dientes frontales y con un peinado a dos aguas su figura es todavía más frágil.

No parece entusiasmarle la libertad. Ha pasado más de la mitad de su vida en prisión: cuatro aos en la legendaria cárcel de Lecumberri, un ao en el Reclusorio Oriente y 29 aquí, en Santa Martha Es, de hecho, uno de los reos con más tiempo en la penitenciaría, lo que le valió ser protagonista de un documental preparado por la Dirección General de Prevención y Readaptación Social.

“Había uno al que le decíamos la Calavera Castro; ése se aventó 44 aos aquí y se sabía toda la historia, pero hace poco lo echaron”.

Y a usted le faltan diez meses para salir

A ver qué hago, a ver si me hallo en la calle; si no, mejor me regreso

Llegó a Santa Martha en 1977 para terminar su sentencia por robo. Pero adentro entró al negocio de la droga y se volvió uno de los integrantes más hábiles de la famosa Cuarta Compaía: grupo de internos que conformó un cuarto turno de custodia, que controló el penal y sirvió al entonces director Juan Alberto Antolín y al jefe de la policía Arturo El Negro Durazo.

“La Cuarta Compaía se formó a mediados de 1979 y duró hasta el 81. La mayoría jugábamos futbol americano con Los Perros de Santa Martha; éramos los más fuertes y astutos, por eso nos eligieron para salir a robar a las calles. Teníamos que traerle a los patrones los Grand Marquis y otros carros gabachos, además de centenarios, lo que más le fascinaba a El Negro”.

Y eran adiestrados?

Ya lo traíamos en la sangre Había un personajazo para eso del robo de autos y la desvalijada; se llamaba David Siqueiros, sobrino del muralista David Alfaro Siqueiros Nuestro centro de operación era Los Reyes La Paz; teníamos que traer carros chingones, cargaditos de vino. Aquí, en la Peni, los destazábamos y dejábamos las tartanitas de nuestros clientes como carros último modelo. Había pintores, cerrajeros, talacheros

Era el único negocio de Antolín y de Durazo?

A El Negro también le gustaba organizar apuestas en peleas clandestinas de box, de gallos, de perros Traía boxeadores de afuera a pelear con nosotros, pero de antemano se nos decía en qué round debíamos caer, porque ya lo tenía todo preparado.

Y si desobedecían?

Al castigo, a la Zona de Olvido, como le llamábamos al Dormitorio 5, golpeados, sin comer ni ver la luz. La Cuarta Compaía y sus 38 integrantes les sirvió hasta donde quisieron, después nos castigaron y de terapia nos ponían todos los días un disco de Cepillín.

Le tocó el primer concierto del Tri?

Fue en el 81, en la Sala de Visita Número 1; vinieron a componer la canción de Santa Martha.

Y venían otros artistas?

Olga Breeskin, se decía que era novia de Durazo, se venía a exhibir y a ensear la pierna. También Irma Serrano, que tenía un romance con el cubano Alberto Sicilia Falcón, uno de los narcos más importantes de aquella época. Venían buenas vedettes, era tiempo de pelos; mientras nos tomábamos una cuba nos echábamos un taco de ojo.

En julio de 1980, después de una salida para robar centenarios, Blas Tello decidió no regresar. Escapó a la ciudad de Puebla, donde continuó sus fechorías. Se cambió el nombre a David Domensáin, pero aún así fue reaprehendido un ao después. Pese a la pausa, vivió una de las etapas más truculentas en la historia de Santa Martha, la de Antolín, director de 1978 a 1982.

A él se le acusa de estropear el mural “Todos somos culpables”, pintado a principios de los 60 en la zona interior conocida como El Pueblito donde también se ubica la capilla ecuménica y cuyo autor es Arnold Belkin, discípulo de Alfaro Siqueiros. “Deprime a los presos”, su argumento Hoy el Instituto Nacional de Antropología e Historia ha anunciado su restauración.

En su álbum de historias se le acusa de matar reos a puetazos y luego tirar sus cuerpos a un horno utilizado en el taller de fundición y, sobre todo, de odiar a los violadores, a quienes mandaba llamar a su oficina, les bajaba pantalones y calzones y les ordenaba colocar su pene en una tabla sobre el escritorio, que después sus guardaespaldas atravesaban con clavos y martillos.

“Era un cabrón, un tipo muy duro; su lema era diente por diente y ojo por ojo. Tenía como verdugo al general Victoriano Navarro, su jefe de seguridad, quien llegó a capar a algunos”, describe Blas Tello.

Fue testigo de algún caso?

Uno que caparon todavía sigue aquí, en el dormitorio 3; se llama Manuel y ya es un seor de edad, casi no habla y desde lejos se le ve el rencor Le quedó la maa de moverse como pirinola de un lado pa otro, dizque porque siente bonito ahí, en sus partes íntimas. Ese Manuel los tenía bien puestos; no soportó la presión de un custodio de apellido Orioles y le sacó un ojo, lo dejó tuerto, por eso lo castraron.

En Santa Martha Blas conoció a Gilberto Flores Alavez, quien en octubre de 1978 asesinó a machetazos a sus abuelos: Gilberto Flores Muoz, director de la Comisión Nacional de la Industria Azucarera y ex gobernador de Nayarit, y a la escritora María Asunción Izquierdo.

“Le decíamos la Florecita, porque era del otro lado; tuvo muchos privilegios cuando fue director Juan Pablo de Tavira, era de sus consentidos. En el Oriente también lo dejaron vivir en la zona de visita íntima con Camelia La Texana”.

También atestiguó la conformación de La Familia, una banda sanguinaria que dominó el penal entre 1995 y 2005, y que desde el interior operaba delitos como tráfico de drogas, extorsiones telefónicas y secuestros virtuales, “pero su fuerte eran las ejecuciones por encargo”, dice.
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