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JOHANNESBURGO Junto al diario The Times, hace unos días llegó un suplemento que me llamó la atención. Era como un gran póster en el que se desplegaba la explicación acerca de cómo había que colgar la bandera de Sudáfrica. No era un escrito precisamente dedicado a los turistas: más bien iba dirigido a los propios sudafricanos, que aún están aprendiendo cómo usar correctamente los símbolos patrios de su país.

En esta lámina, que también incluía otras insignias nacionales del país (como el animal patrio, el árbol patrio, etcétera), se indicaba claramente que el rojo de la bandera debía ir arriba cuando la bandera flameara en forma horizontal. O, en su defecto, a la izquierda si es que la bandera se colgaba verticalmente.

Las autoridades lanzaron una campaa en todos los medios nacionales para evitar ver las banderas colgadas al revés. No pudieron evitarlo. Aún hoy, esa bandera de la nación arco iris se ve indistintamente colgada de cualquier manera. Quizá tenga que ver con su cantidad de colores: es difícil identificar su reverso y su anverso, su arriba y su abajo. Pero también tiene que ver con que esa bandera es una mutación, una suma de otras banderas. Sudáfrica, como se conoce hoy, es un país demasiado joven como para haber aprendido sus símbolos correctamente. Recién está en etapa de aprendizaje y de unificación.

Para su diseo, se tuvieron en cuenta los colores de las antiguas banderas sudafricanas que se usaron durante la época del apartheid y se las combinó con aquellas que representaban a los partidos políticos negros. Todos los colores de la actual insignia estaban presentes en esas otras. Incluso había uno más casi unánime, el naranja, que no se llevó a la bandera actual porque se confundía con el rojo cuando la bandera flameaba al sol.

Getty ImagesEl reverso del suplemento: el himno en 11 idiomas

Y allí está la resultante, negro, amarillo, verde, azul, rojo. La forma de “Y” acostada que ornamenta la bandera también responde a una intención: simboliza los caminos separados que se unen. La nación dividida que se hace una sola. Nelson Mandela insistió en que se utilizara esta bandera para alentar a los Springboks en la Copa Mundial de Rugby de 1995. En aquel momento se la veía mezclada con la antigua en las gradas del Ellis Park. Hoy, la vieja es sólo un recuerdo de museo.

El otro símbolo patrio en proceso de aprendizaje es el himno. También este resulta un híbrido entre dos canciones anteriores. Una era “Nkosi sikelel’ iAfrika”, que significa “Dios bendiga a frica” en IsiXhosa, que representaba a la porción negra de la población. La otra era “Die Stem van Suid Afrika”, que quiere decir “El llamado de Sudáfrica” en Afrikaans, y usaba la porción blanca del país.

El himno actual mezcla ambas, e incluso está compuesta por cuatro párrafos, cada uno en un idioma diferente. Arranca en IsiXhosa, pasa al Sesotho y continúa en Afrikaans, primero, y por último en inglés.

Estas son sólo cuatro de las 11 lenguas oficiales que tiene el país. Es por eso que en aquel mismo suplemento aparecía la traducción de la letra a cada uno de estos lenguajes. La idea es mostrarle al pueblo qué es lo que se está cantando en su propio idioma.

Resulta bastante necesario todavía, es cierto. Basta ir a ver un partido de Sudáfrica en el estadio para ver a miles de personas con un papel en la mano a la hora de cantar el himno. Todavía no saben la letra. Tiene dos en cada mano, sostiene la quinta haciendo presión con las otras cuatro y lleva la sexta tomada con la boca. “Compartirá con sus amigos”, pienso, y lo sigo con la mirada hasta su asiento. Está solo. Guarda cinco de sus preciados tesoros debajo del asiento y empieza a sorber, lenta, dulcemente, sus primeros tragos.

La práctica, con el pasar del Mundial, se va multiplicando, sin importar la nacionalidad del portador. Comprar una cerveza es lo menos común: la gente camina por los pasillos con dos, tres o cuatro porrones para saciar su sed de alcohol. La hidratación no puede ser la causa: el calor arrecia. Igualmente, la consecuencia tampoco resulta nefasta: ni una sola vez, dentro de esos predios gigantes que albergan las canchas, el clima se pone violento.

Sin embargo, allí está la tendencia. Gente que bebe, y mucho. Y una empresa, Budweiser, con exclusividad de venta, con stands exclusivos dentro de cada estadio, en los que sólo hay heladeras con su producto (las gaseosas y la comida se venden todos juntos, por separado del alcohol). La botella se vende sin tapa, en un envase plástico marrón que simula ser vidrio, y que vale 30 rand: menos de 4 dólares.

Gente usando vuvuzelas como embudos para introducir cerveza en su boca? Claro que sí, también, a la orden del día. Es que para la empresa estadounidense tanto como para la organización del mundial, la consigna es clara: nadie deja Sudáfrica hasta que se haya bebido la última gota. Y en total, hay mil millones de litros en gotas de cerveza para consumir. Mucho, demasiado quizá para un mes.

En un ejemplo de movida de márketing, las empresas cerveceras que se quedaron fuera de este acuerdo intentaron recortar un poco la diferencia de ventas llevando camiones contenedores a las ciudades que albergaban un partido para poder abastecer en corto tiempo a los pubs que tuvieran bajo stock de su producto. Incluso la empresa argentina Quilmes llevó un bar móvil a Sudáfrica, que instaló cerca de los estadios cada vez que jugó Argentina.

El único temor restante después de toda esta cuestión es si la cerveza sería suficiente. En las primeras semanas del Mundial, los Fan Fest (festivales gratuitos con pantalla gigante) de Pretoria y Sandton albergaron una cantidad de gente tan enorme que los sitios de venta de alcohol tuvieron que cerrar. Aunque en principio se temió que esto fuera por causa de la falta de abastecimiento de cerveza, la SAB (South African Breweries, Cerveceras de Sudáfrica) lo desmintió rápidamente vía su vocera Robyn Chalmers.

“La razón para dejar de ofrecer cerveza en esos casos fue por una cuestión de seguridad. Los fanáticos habían comenzado a ponerse agresivos.”, comenta Chalmers y agrega un punto de preocupación para lo qu resta del Mundial. También sostiene que tienen una respuesta: “Tenemos muy claro cuáles son nuestras responsabilidades, y desde la segunda semana del Mundial cooperamos con las autoridades en la resolución de situaciones que podrían causar un dao potencial al torneo”.

La SAB estima que venderá unos 100 mil hectolitros extra de cerveza en el Mundial, comparado con un mes cualquiera. Lo que resulta en 300 millones de botellas de 340 centímetros cúbicos. “Nos aseguramos de estar preparados para ello tanto operacionalmente como en la logística”, agrega Chalmers.

Amplía: “Nuestros procedimientos garantizan que todos los vendedores tengan stock suficiente y que haya reservas. Aumentamos la producción de cerveza en mayo y abril, meses previos al evento, e incluso llevamos camionetas refrigeradas con stock adicional a los estadios en los que se juegan partidos importantes para rellenar refrigeradores en caso de ser necesario. También hay un número para los clientes, al que pueden llamar en caso de precisar un abastecimiento de emergencia”.

No sea cosa que la fiesta se termine y todavía sobren un par de botellas. O peor aún, pecado enorme, un par de miles.

JOHANNESBURGO Un hincha inglés, antes del duelo ante Eslovenia, ofrece a su hijo a cambio de una entrada para el Mundial. El hombre se ríe, es un chiste. Pero el mensaje de fondo está bien claro: precisa una entrada, y va a pagar un precio alto para obtenerla.

Y aunque sesupone que los tickets están agotados, puedo asegurarles que ese hombre consiguió lo que quería. Es que la reventa está fuera del control de cualquier autoridad en este Mundial.

Resulta tan sencillo como ir al estadio y esperar en las cercanías por algún oportunista. De cuando en cuando se acercará cautelosamente a nosotros y nos susurrará la plabra mágica: “Tickets?”. Los precios, un poco inflados, suelen arrancar en un 50 por ciento de sobrevalor con respecto a las compras originales. Pero eso quiere decir, sin más, que para los partidos de primera ronda se podían comprar entradas minutos antes de un encuentro desde 60 dólares. El precio más oneroso que yo llegué a escuchar fue de 300 dólares. Tampoco parece una fortuna.

A veces no hace falta acercarse tanto a la zona del partido. Con caminar por los shoppings de Sandton, Rosebank o Melrose Arch, cerca de Johannesburgo, o acercarse a las pantallas gigantes de los Fan Fest, también parece alcanzar. “Tickets?”, se escucha.

En el partido de Argentina ante Grecia me encontré con un par de hinchas del equipo de Maradona que buscaban llegar al estadio. Les indiqué el camino correcto y me respondieron con un agradecimiento inquisitorio: “Genial, ahora falta que sepas quién necesita tickets y estamos completos”. Ellos también buscaban una ganancia con su entrada de más.

En el aeropuerto, se suele ver a fanáticos de selecciones eliminadas sacándose de encima las entradas para octavos y cuartos de final, a unos 50 o 60 dólares más que el precio oficial.
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