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La popularidad que Dios le dio, mucho intelectual se la envidió, digo parafraseando el tango “Se dice de Mí”, porque de Gerardo Sofovich se ha dicho tanto que podríamos hacer una revista entera de adjetivos. Cabrón, autoritario, malhumorado, vanidoso, difícil Pero lo que nadie puede negar es que fue uno de los más grandes creadores dentro de la tevé argentina y el que mejor le tomó el pulso a lo popular y nacional. Y todo, siendo uno de los hombres más cultos de la farándula, algo que digo no por su cualidad de imbatible en “Los 8 Escalones”, sino porque, sencillamente, lo era, y sin machetes.

Se fue un prócer de la tele que también dejó su sello mayúsculo en el cine y el teatro y, particularmente para mí, alguien que me trae los más hermosos recuerdos de mi madre, que fue su fan número uno. Lo cuento porque sé que hay muchas como ella, que esperaban, en el día más aburrido de la semana, la hora en que llegaba el buen mozo del Ruso, con su corte de manzana, su jenga, sus pulseadas y ese sinfín de ideas baratas en el sentido literal de la palabra y no en el despectivo con el que se lo criticó con las que podía hacer un programa ómnibus sin que el rating decayera. Porque eso era Gerardo: un hombre culto, pero con la brújula más exacta para dar con lo popular. Y encima, con dos pesos!

Mi mamá lo adoraba, al igual que a Susana y a Menem (con éste coincidían ídolo y fanática), dos que junto a él conformaban la Santísima Trinidad de doa Lidia, una mujer viuda y telemaníaca que cada noche de domingo ensayaba con el cuchillo y las manzanas por si alguna vez la suerte la elegía. Y que soaba con que un día Gerardito llamara a casa, como alguna vez hizo su querido Soldán, respondiendo un llamado de la nena periodista. El Ruso nunca llamó, porque me atendió y tuve el honor de entrevistarlo, ya que otra cosa destacable de él era que nunca te negaba una nota. Y allá fui yo, virgen de Gerardo, con mi grabador agitado, mis aos jóvenes y con pánico por encontrarme con ese “monstruo”. Me temblaban las piernas, y ni hablar cuando entré a su oficina. Intimidaba. Pero de a poco, el gesto adusto y la fama de ogro daban paso al seductor, al combativo, al pasional, hasta llegar al hombre que se forjó a sí mismo, al que de chico perdió una pierna y de grande, ganó amigos y enemigos por igual. Lo demás, queda en cada uno y cada cual con su librito, según cómo le haya ido.

Para mí, se murió un hombre inolvidable en el que, como pocas veces, “cultural” y “popular” convivieron bajo un mismo cuerpo sin riesgo de divorcio. Un erudito que fue adalid del teatro de revista, las plumas y el conchero, y que podía jugar al jenga con Nazarena mientras sus secretarias mostraban la cola y él te contaba la historia del arte renacentista. Pero, ante todo, un caballero exitoso y, por eso, amado y odiado.

Sabemos que la muerte purifica, y que incluso quienes lo odiaban, hablarán loas. Pero yo, sinceramente, quiero despedirlo con un aplauso enorme, tanto como el espacio vacío que deja en la tevé y que, sospecho, pocos tendrán con qué para poderlo ocupar.

Sofovich fue un precursor de la vulgaridad, del lugar común, del abuso hacia sus empleados, del abuso hacia las mujeres. Durante su intervención de ATC, se genero una causa por millones de dolares. Esa causa que le inciaron deberia recordarse prescribió de la mano de Oyarbide Además de oportunista a escala nunca vista con el poder de turno y por sobre todo eso, fue un individuo carente de creatividad y de idealismo. Sus obras influyeron en la decadencia de sueos en Argentina.
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